Jay

La reunión de emergencia de superhéroes se disolvió con una rapidez pasmosa; los héroes abandonaron la casa casi triplicando la velocidad a la que habían acudido. Los que volaban abandonaron el edificio por el balcón, mientras que la Patrulla X -que, hay que destacar en su favor, todavía mostraba cierto interés por ayudarnos- se marcharon con el Pájaro Negro, dejando una estela blanca dividiendo el cielo oscuro de Nueva York a su paso. Cuando los últimos superhéroes de a pie se despidieron de los anfitriones y desaparecieron tras las puertas del ascensor, la torre volvió a quedar tan silenciosa como la primera vez que atravesé sus puertas. Con una calma tensa.

Bruce Banner nos miró desde el umbral del ascensor, cuyo botón había sido pulsado eficientemente por Jarvis, quien, al parecer, no nos consideraba dignos de tan ingrata tarea. Jamás entenderé a los mayordomos. En cualquier caso, Banner esperaba, pacientemente, a que nos decidiéramos a acompañarlo. No hicieron falta palabras; todos queríamos acabar con aquello lo antes posible. Por mucho que nos hubiésemos distraído por tanto héroe enmascarado a nuestro alrededor, sabíamos que cada minuto contaba, y que cada segundo que estábamos en el universo Marvel y no en nuestro pueblo, el número de víctimas y destrozos aumentaría. Y ahora que íbamos a ser nosotros -bueno, mis amigos- quienes íbamos a resolver la situación, nos lo tomábamos más en serio que nunca. 

El viaje hacia el laboratorio del doctor Banner fue largo y complicado. Durante un par de horas nos encerraron en una especie de avión militar, blindado y sin ventanas, por lo que aproveché para reflexionar sobre los acontecimientos de la noche, y lamentar profundamente todos mis errores hasta el momento: la tardanza para localizar a algún héroe; mi incapacidad para convencer a Daredevil de que me ayudara; mi falta de superpoderes… e incluso mi actitud para con Lobezno. Joder, cómo me hubiera gustado hablar un poco con él, contarle todo lo que sabía sobre su vida, quizá resolver algunas dudas sobre su pasado amnésico; a lo mejor después de aquello podría pedirle que me acompañara a algún rincón, apartado y oscuro, y…

El peso de los remordimientos me asoló como un alud, mientras me moría de ganas de darme un par de guantazos por ser tan estúpida. Había perdido la oportunidad de mi vida, la oportunidad con la que sueñan todas las adolescentes que escriben fanfics de X-men describiéndose a sí mismas como sexys protagonistas. Si mi yo de los catorce años pudiera verme, probablemente me arrancaría la cabeza con sus propias manos. Y con razón.

Debí adormecerme después de aquello, pues me sobresaltó el movimiento frenético del avión aterrizando. Lo hizo directamente en un hangar súper moderno, donde todo eran ayudantes con batas blancas correteando de un lado a otro y asistentes de vuelo revisando los componentes del avión y que, al parecer, no hubiésemos tocado nada. Tras aquello, seguimos la espalda de Bruce Banner por interminables pasillos, cuya apariencia iba pasando de base militar a complicado centro de I+D conforme dejábamos atrás puertas y recodos. Finalmente, se detuvo de pronto frente a una de aquellas puertas de metal pulido, que reflejaba las luces del techo. Tuve que frenar en seco para no chocarme contra él, lo cual hubiese sido… bueno, no quería ser la causante de despertar a Hulk.
-¿Este es tu laboratorio? -Preguntó Ethan, frotándose el dispositivo metálico en su muñeca. Antes de subir al avión, Tony Stark le había despojado de su armadura, no sin antes darle un dispositivo portátil para volver a montarla, directamente desde cuatro brazaletes situados en sus extremidades.

Bruce Banner asintió.
-No es técnicamente mío. Es de SHIELD, pero me están ayudando mucho con mis investigaciones con la radiación gamma.

El alter ego de Hulk deslizó una tarjeta por un identificador situado junto a la puerta y esta se abrió automáticamente, dejándonos paso a un tremendo laboratorio, enorme y con gran cantidad de máquinas. No se parecía en nada al exiguo laboratorio de mi instituto, que, a decir verdad, el único que había visto en persona.

Luces blancas, grandes superficies de trabajo, enormes máquinas contra las paredes alicatadas de baldosas blancas. Todo era aséptico, brillante y parecía sacado de una película de ciencia ficción. Con una rapidez pasmosa, Bruce Banner se aproximó a uno de los bancos, con un complicadísimo ordenador encima, y comenzó a manipularlo con manos expertas. Deslizaba los dedos a toda velocidad sobre el teclado, y Ethan y Mark se aproximaron con curiosidad, situándose a la espalda del científico para observar la pantalla por encima de su cabeza. Este, sin dejar de pulsar las teclas ni un solo instante, se asomó por entre mis amigos y nos miró a Hoydt y a mí, quienes aún nos manteníamos a una cierta distancia reverencial.
-¿No queréis ver los resultados? -Preguntó el doctor.
-Mejor que no… -comenzó a decir Tyr, pero Hoydt, quien había estado examinando una hilera de probetas que contenían extraños líquidos, asintió con una sonrisa y avanzó hacia ellos.

Al instante, la pantalla del ordenador comenzó a parpadear, hasta que de pronto un pantallazo azul nos arrancó una expresión de disgusto y sorpresa a partes iguales. Bruce Banner lanzó una maldición al aire, mientras trasteaba con el sistema operativo del ordenador, y Hoydt se detuvo en seco.
-Os lo dije -expresó el dios, llevándose una mano a la frente.
-Será mejor que me aleje de esta sala -comentó Hoydt, retrocediendo con timidez.

Le miramos, un poco desconcertados. Hasta que recordé…
-Ay, la leche. Sí, vámonos Hoydt, yo te acompaño. -Exclamé, estirándole del brazo.
-¿Qué…? -Preguntó el doctor Banner.
-Sus poderes mutantes, -expresó Ethan, recordando de pronto- estropea la tecnología. Y todavía no los controla.

Mientras el científico contenía una sabia maldición, probablemente censurada en el bocadillo de un cómic, el mutante y yo abandonamos la sala. Teníamos intención de quedarnos en el pasillo hasta que terminaran, pero el veterinario temía que el alcance de sus poderes estropeara todo el experimento, así que avanzamos sin rumbo pasillo abajo, sin ninguna intención, por mi parte, de curiosear en lo más mínimo. Me estaré haciendo mayor, pensé mientras me ponía de puntillas para echar una ojeaba desde las ventanillas de las puertas.

Caminamos lo que pareció unos cientos de metros, hasta que decidimos detenernos. Quizá en alguno de los pasillos que estábamos recorriendo tan despreocupadamente hubiese algún importante experimento en marcha que Hoydt podría estropear sin saberlo, eliminando así la oportunidad de los Cuatro Fantásticos de acabar de una vez por todas con el Dr Doom. Por decir algo. Así que simplemente nos detuvimos al final de un corredor, junto a una puerta de emergencia, y suspirando pesadamente al recurrente recuerdo de mi fracaso con Lobezno, me dejé caer al suelo apoyada contra una de las frías paredes.
-Deja de pensar en lo de tus poderes -me recomendó Hoydt con voz paternal.
-No estaba pensando en eso. Hasta ahora no -respondí, súbitamente dolida por el regreso de esa idea.
-Oh.

Me mordí el labio. ¿De verdad mi mayor preocupación era que no le había dado mi número de teléfono a Lobezno, cuando, con un poco de suerte, en unas horas habría vuelto a un pueblo probablemente devastado, sin tener ninguna habilidad con la que poder defenderlo y repararlo?
Pensé en sincerarme con Hoydt, mostrarle mi preocupación por no poder ser suficientemente útil. Revelarle mi miedo genuino por volver a encontrarme con un supervillano y no estar a la altura. Pero él, con una inteligencia emocional que rallaba lo perfecto, sin dejarme tiempo de expresar nada, se me adelantó.
-Podrás ayudarnos de muchas maneras. Puedes evacuar a la gente, o… 

Se sentó junto a mí, antes de pasarse una mano por el flequillo para echárselo hacia atrás, en un gesto suyo tan característico.
-No -negué con la cabeza- ya has visto para lo que he servido hasta ahora. No soy capaz de hacer nada. Con todo lo que he leído sobre Dientes de Sable, con todo lo que sé sobre él, y no fui capaz de una mierda cuando me atacó.
-Dientes de Sable es un mutante muy poderoso. No había gran cosa que pudieras hacer.
-Pero aun así… vosotros habéis conseguido hablar con todos los héroes y convencerles y traerles aquí. Yo...

Al sentir que las lágrimas comenzaban a aflorar, de nuevo en mis ojos, me levanté todo lo rápido que pude para evitar que me viera. Odiaba llorar con público; en la escala de mi humillación personal estaba en el top cinco.
-Jay… -expresó Hoydt, con tono paternalista y alargando la mano para cogerme. Me zafé antes de que pudiera alcanzarme.
-Tengo que ir al baño -mentí- ahora vengo.

Me alejé sin rumbo por el pasillo, buscando alguna indicación que anunciara el aseo. Los científicos tendrán que mear, digo yo. Pero tras doblar varios recodos y recorrer largos e intrincados pasillos, como no podía ser de otra manera, me perdí. Me llevé las manos a la cabeza, desesperada. Joder, ¿por qué tengo que ser tan desastre? ¿De verdad no podía salirme nada bien?

Pateé el suelo con mis botas, frustrada. Me resistía a llamar a gritos a mis amigos, por vergüenza principalmente y por no romper el solemne silencio de aquel lugar. Qué ridículo más espantoso. Una vez Ethan sabiamente me dijo que yo estaba en el mundo porque debía haber de todo, y lo cierto es que no le faltaba razón.  

Traté de mantener la calma. No pasa nada, no podía ser la primera persona que se desorientaba en aquel lugar. Eso es, perdida no, simplemente me he desorientado un poco. Con el orgullo herido, traté de regresar sobre mis pasos para encontrar a Hoydt. Joder, ojalá hubiese alguien a quien pedirle indicaciones. Aunque, ¿qué indicaciones? ¿Por favor, me puede decir cómo llegar a un pasillo blanco exactamente igual que este pero en otro sitio? Ridículo.

Como invocados por mis pensamientos, repentinamente unos pasos comenzaron a despertar el eco del pasillo donde me encontraba. Un súbito ataque de vergüenza y timidez me obligó a mirar a mi alrededor, buscando un escondite tras el que poder parapetarme y que la gente importante que trabajaba en aquel lugar no me viera, asustada y perdida. O peor, que un guardia de seguridad me confundiera con una intrusa. O con el resultado de algún experimento. Conforme aquellos pasos se acercaban, y el sonido de sus zapatos comenzaba a quedar amortiguado por el de sus voces, corrí hacia la primera puerta que encontré y traté de abrirla, cuando percibí con desespero que su cerradura era idéntica a la del laboratorio de Bruce Banner y sólo se abría gracias al impulso magnético de una tarjeta. De pronto, el lector de la misma chisporroteó, arrancándome una expresión de sorpresa, mientras las luces del techo parpadeaban ligeramente. Ya estaba entrando en aquella sala cuando escuché mi nombre gritado al final del pasillo.
-¡Jay!

La puerta se cerró a mi espalda, y a través de la ventanilla pude ver que Hoydt pasaba de largo, cruzándose con un par de científicos en bata (¿que por qué sé que son científicos? Bueno, porque llevaban bata, gafas y muchos papeles en la mano. Yo qué sé). Suspiré. Soy tan idiota, podría haber esperado a Hoydt, y luego haberles preguntado el camino a esos geeks. Yo y mi maldita misantropía.
Aún me estaba dando cabezazos contra la pared cuando de pronto se encendieron las luces de la habitación, y el pestillo automático de la puerta me arrancó una exclamación de sorpresa. Traté de abrirla pero estaba completamente cerrada. Nerviosa, miré a mi alrededor. Era una habitación diminuta, de poco más de dos metros. Había un par de mesas con tubos de ensayo abiertos y algunas placas de Petri. 
-Eh -llamé, golpeando la puerta. Pero mis palabras resonaron dentro de la estancia, sin poder atravesar la puerta de metal.

Sin previo aviso, unas luces sobre mi cabeza se prendieron y comenzaron a girar, como las de un parque de bomberos, acompañando su brillo con el de una alarma estridente que parecía un aviso anti nuclear. En aquel mismo instante decidí que era hora de empezar a acojonarme de verdad.
-¡Eh! -Grité de nuevo, golpeando esta vez con más vehemencia- ¡Que me he quedado encerrada!
-¿Qué haces ahí? -Me preguntó una voz distorsionada por un micro.

Me volví, buscando la fuente de aquella voz, hasta que encontré un altavoz en la pared sobre mi cabeza.
-Me he quedado encerrada -confesé, absolutamente avergonzada.

La voz tardó unos instantes en responder.
-He venido con Bruce Banner -aclaré, nerviosa, para que no me mandaran a los de seguridad.
-Has intervenido en una experimento -respondió la voz- las puertas se han sellado automáticamente. No… no entiendo cómo has podido entrar.
-Mi amigo es mutante y estropea la tecnología… y… he entrado porque él… -balbuceé- pero podéis detener el experimento, ¿no? Lo habéis detenido, ¿verdad? -Tuve que hacerme oír por encima del sonido de la sirena.
-… lo siento -respondió la voz- nadie debería haber entrado ahí.
-¿Qué? Nononononono…

Una náusea de angustia me sobrecogió el pecho, dándome un desagradable tirón desde el estómago. Desesperada, regresé a la puerta e intenté abrirla con todas mis fuerzas. La golpeé hasta que me hice daño en las manos, mientras la temperatura de la sala comenzaba a subir.
-¡Por favor! -Grité, estirando del pomo de la puerta- ¡Por favor!

De pronto me acordé del Dr Manhattan. A él le había pasado lo mismo, aunque lo suyo había sido pura generosidad: recuperar el reloj de su novia. Yo sólo era idiota. Casi tuve ganas de echarme a reír, cuando una luz amarilla y estridente comenzó a iluminar la sala, envolviendo mi piel con el tacto de mil alfileres al rojo.
Ay madre. AY-MADRE. 
JODER